Arte&cotidianidad. 

La mirada es la misma.

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Los cambios y carencias físicas no son en absoluto el mayor problema cuando se crece, la caída del cabello, o la dificultad para hacer que el cuerpo se mantenga en estado digamos digno, incluso las enfermedades son apenas un detalle minúsculo si lo comparamos con la mirada censurada, que no es lo mismo que quedarse ciego. Desde que tengo memoria, incluso desde que no la tenía pero mi madre se encargó de hacerme saber cuando algunas de sus pocas amigas la visitaban en la casa de mi padre mientras éste se encontraba fuera, ella contaba mis andanzas detrás de las mujeres hermosas a las cuales disfrutaba mirar. “Una vez, se acercó una mujer en el mercado que me conocía –narraba mi madre- yo escogía algunas verduras, entonces me dice esta mujer, oye mira a tú niño, desde pequeñito anda tras las mujeres, cuando volteé, allá estaba el pequeño pillo caminando detrás de una de esas mujeres de alta que de vez en vez venían al mercado, mirando hacia arriba, tras de ella que no se había dado cuenta del chiquillo”. Y reían mi madre y su amiga en cuestión. Yo tendría tal vez tres años a lo más cuando la belleza de la mujer en el mercado me había cautivado. Supongo que antes, mientras estaba en brazos de mi madre pasaba las horas viéndola mientras tejía, mientras cocinaba yo desde la mesa en el centro de la cocina, ella en la estufa. Siempre he tenido un gusto mayor por mirar lo bello, pero particularmente, las mujeres bellas. Mi madre era una mujer de mediocre belleza, lo sé ahora. Si bien, dicen algunos, que la belleza es un ejercicio subjetivo, me gusta pensar que si bien algunos encuentran belleza en ciertos objetos que a otros podrían parecerles no bellos, no podríamos encontrar belleza donde simplemente no la hay. El objeto poseerá cualidades intrínsecas, si bien propias de su contexto, pero particulares que lo constituyen bello, así el sujeto podrá satisfacer sus exigencias estéticas –por cierto también pertenecientes a un contexto- en dicho objeto; por lo demás, aquellos objetos que a mal llamamos bellos y que nadie más coincide, deberíamos solamente apelar a un gusto que, por cierto, poca relación directa tiene con lo bello. Así, he disfrutado de la belleza femenina, de la belleza en las mujeres casi todo el transcurso de mi vida, por cada una de los lugares a los que he ido, sin importar la raza, la talla y demás nimiedades, la belleza de la mujer se compone de tantas y cuales características que sería inoportuno enumerar ahora, pues lo mejor de la experiencia de mirar la belleza de la mujer está en la posibilidad de reconocerla a simple vista, experimentar el goce de la esta sensación mientras se espera en una fila, mientras se contempla la tarde desde alguna terraza, o cuando se recorre un camino hacia el trabajo, de vuelta a casa, la belleza te encuentra desprevenido, incompetente ante el vuelco que da tu cuerpo, tus pensamientos se vuelven apenas esbozos de una voluntad maltrecha.

Allí se encuentra el goce la belleza de una mujer y yo he tenido la fortuna de saber y poder disfrutar de ella desde que tengo memoria e incluso antes. Pero al crecer, la mirada debe reservarse, reprimirse, dosificarse porque le es dada cierta significación por demás absurda, que pasa de lo absurdo, lo inquieto, lo simpático, lo risible, lo esperado, lo anhelado, lo impropio, lo insultante, lo patético, perverso, enfermo, compasivo, lo tétrico, lo incómodo, lo simpático nuevamente, lo risible, lo insignificante, y lo lastimoso y quizá vergonzoso. Pero, por su parte,  la mirada de contemplación de goce de la belleza en la mujer es siempre la misma para quien la ha experimentado una vez, no se trata jamás de poseer al objeto bello, ni de consumirlo, ni de retenerlo, ¡jamás! Se compone del goce del momento único, efímero, presente, ni futuro, ni pasado, sólo el disfrute sublime de lo bello que irradia tu cuerpo, nubla los pensamientos que de no ser por este momento no se detendrían, es justo esta experiencia la que mueve a otros a contemplar lo artístico y que se desvirtúa en la posesión de la obra, en colgar una pintura de Rembrandt en la sala de estar, porque allí se pasa la vida y Rembrandt se pasaría también, se convertiría en un objeto de lo cotidiano que provocaría todo menos el goce frente a lo bello. Quienes se enamoran de la belleza están condenados al más cruel de los destinos, el aburrimiento, el hastío de aquello que tanto amaban. Contemplar la belleza de la mujer es un exquisito sabor que no perdura en la boca más que un momento y después se disipa a medida que se saliva nuevamente y nuevamente, hasta que no hay más rastro de aquel elixir. La experiencia de la belleza de la mujer se traduce en un deleite de la existencia absurda y momentánea, digamos humanamente auténtica y no el artificio que se supone debemos asimilar como existencia: la construcción de una vida total a partir de experiencias que podamos atesorar  y volver a ellas, o bien en la supuesta formación de un sustento que nos otorgue el sólido futuro anhelado; ¡ni hablar de la vivencia intensa de cada uno de los días como si fuese el último! Mirar a una mujer hermosa nos confronta brutalmente al desconsuelo de la miseria en la que habitamos cada día y que elegimos llamar vida, poseer lo que nuestros sentidos perciben es un anhelo vano, impropio, pero sobretodo, estúpido, pues el goce de la belleza radica en buena medida en su brevedad, en la certeza de su volatilidad. La edad nada tiene que ver en esta experiencia, siempre se mira con los sentidos y no con las intenciones como la sociedad ha estructurado y determinado. Así cuando yo era apenas un niño que no bien podía sostenerse en pie y seguía el vaivén de las caderas de una mujer hermosa en el mercado, mi mirada resultaba graciosa a quienes me veían haciéndolo, incluso a quien miraba con tan vehemente goce.

He crecido y mi mirada sigue siendo la misma que entonces en el mercado cuando apenas cumplía los tres años, pero mirar a una mujer bella ya no es igual para los demás, para los que me observar mirar. Para mí es exactamente igual.

Recorría mi camino predilecto de vuelta a casa, hacía tiempo que no lo hacía, no había tenido tanto desenfado por las cuestiones del trabajo y salía tan tarde que prefería tomar un bus para volver y bajarme en la esquina de la calle donde se encuentra el edificio donde vivo ahora. Es mi camino predilecto porque las luces son bajas pero iluminan perfecto el camino, porque a la gente, a los turistas, sobretodo, no les apetece ese camino, porque hay largos y antiguos edificios a ambos costados de la calle para, de pronto, ofrece una vista de un jardín pequeño pero encantador  y un paseo arbolado que la gente no ha preferido como centro de reuniones casuales y, por ende, siempre está limpio.

Estaba por llegar a la esquina del jardín cuando de un taxi descendieron algunos adolescentes, eran cuatro y no tendrían más de 16 años, eran dos chicas y dos chicos, hacían ruido desde que descendieron hasta que dejé de verlos cuando doblaron la esquina que yo había pasado apenas unos metros atrás. Caminaron hacia mí, mi paso era por fin despreocupado y lento, los vi y mi cuerpo se contrajo de pronto, una de las chicas era por demás bella, vestía un atuendo sobrio en negro que realzaba su figura en pleno desarrollo, caía el cabello largo sobre su espalda y enarcaba su rostro blanco permeado de algunas pecas, los labios delgados y los ojos ligeramente rasgados, almendrados, me miró vagamente y pude notar esa expresión de desconcierto y cierta repulsión, las luminarias en el piso la hacían parecer más alta de lo que era en verdad. Siguieron su camino y yo el mío, giré la cabeza y vi como doblaban la esquina, mis pensamientos estaban nublados. Sonreí y seguí mi camino aunque ahora de prisa, motivado tal vez por la exaltación que me provoca la belleza de las mujeres. Bajé el ritmo de mis pasos y sentí de nuevo el frío sobre mi rostro, era una noche espléndida y pensé en la breve mirada de desconcierto y repulsión de la chica que había dirigido hacia mí, y recordé que yo ya no era un chiquillo de tres años, ni tampoco un contemporáneo de ella mirándola  que quizá la hubiese halagado o intrigado: no, ahora soy un hombre mayor, que bien podría ser su padre y la miraba,

contemplando su belleza. Mi mirada ya no es la misma para los demás, ya no causa gracia, ni es esperada frente a la belleza de las mujeres. Para mí sigue siendo exactamente la misma. ¡Y es este el verdadero malestar que acecha a un hombre cuando crece!

Llegué al pequeño departamento donde vivo ahora, en esta ciudad, y sonreí con el rostro iluminado porque había estado frente a una mujer hermosa.

 

Les recomiendo la película LA MIGLIORE OFFERTA de Giuseppe Tronatore  y obviamente las pinturas que acompañan este texto.