Arte & cotidiano. Dávila Onofre.

joan miró. dejar de jugar.

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tengo 12 años y camino encorvado. doy algunos pasos y apenas me sostengo con firmeza, no estoy embriagado ni mucho menos, pero entro al salón de clases y me encuentro con Andrea, una de las chicas nuevas que han entrado al colegio donde he pasado la vida entera;, ella me quita el equilibrio. no logro recordar si entonces saludaba a mis compañeros o simplemente entraba al salón y me inmiscuía en alguna de las charlas de la mañana. tengo 12 años y no sé cómo comportarme. llevo bajo el brazo un cuaderno de tapa dura, me siento orgulloso por ello, porque nunca antes había llevado ese tipo de cuadernos que son de sobremanera mucho más caros que los normales. el cuaderno me lo ha traído mi hermana de un viaje que ha hecho a otro país. tengo tanto que presumir y sólo puedo llevar mi cuaderno casi a escondidas porque lo que lleva impreso en la tapa me avergüenza. comienzan las clases y abro mi cuaderno y tengo ganas de jugar, de fantasear, como cada mañana, como todos los días a una de las historias que se me ocurren, pero las clases son aburridas y mis compañeros han dejado de jugar, ahora caminamos entre los pasillos platicando de música, de chicas, de programas en la televisión. yo dejé mi cuaderno sobre la banca, pero encima dejé un libro para que no se note la portada. volvemos al salón después del descanso que antes se llamaba recreo, no más. me encorvo un poco más porque estoy creciendo y no sé cómo caminar con seguridad. Andrea es una chica linda, de piel blanca, cabello castaño y lleva gafas, no es alta pero me gusta que no hace demasiado ruido. que habla mucho pero lo hace en sólo con sus amigas, pocas veces frente a salón. eso me gusta. como me gustaría estar jugando sobre la cama con mi colección numerosa de carritos o con los cientos de playmobil que he acumulado desde la temprana infancia. las clases son aburridas y lo poco que entiendo no me sirve para nada. miro a Andrea y ella toma notas, finjo que hago lo mismo. tal vez ella me mirará. termina un día más de colegio. todos salen apresurados para ir a la tarde, la tarde llena de entretenimientos. a mí me espera una casa grande, y un cuarto con mi abuela para mira telenovelas. me siento orgulloso de mi cuaderno y de lo que sé de la imagen en la portada, pero no me atrevo a contarle a alguien. me gusta pensar que me parezco a esa imagen en la portada, encorvado, pero con los ojos bien abiertos, atento, feo, quizá grotesco, colorido. paso junto a Andrea que espera a que lleguen por ella. yo camino hacia casa. no sonrío porque mi sonrisa es fea, porque tengo los dientes chuecos y los rasgos gruesos que a los 12 años nunca es una ganancia. no sé vestir pese a que todos llevamos el mismo uniforme, siempre sentiré que mi cuerpo es demasiado tosco, tal vez grotesco y que nada de lo que me ponga me viene bien. lo único que me enorgullece es mi cuaderno nuevo de tapa dura con una imagen de un monstruo colorido en la portada, e intento que Andrea lo vea, paso frente a ella, tengo 12 años y camino encorvado.

 

Hace mucho tiempo que tuve 12 años. De Andrea no volví a saber nada después de ese año de secundaria. Hablamos poco. Pero de aquel cuaderno con un Miró en la portada comencé a dejarlo en casa de mis padres, lo usaría para hacer notas de otras cosas menos escolares. Volví a los cuadernos regulares y nunca hablé de Miró ni de sus pinturas con mis compañeros, porque me daba pena, porque no sabía qué decir ni porque me gustaban. Hoy tampoco me gusta Miró, aunque me gustó casi toda la adolescencia. Dejé de jugar con los playmobil hasta los 19 años. Pero duró poco.

 

Échenle oído a https://youtu.be/2bFo65szAP0 al menos a las primeras notas, el primer movimiento.  Después tal vez sea aburrido para algunos.