banalidades para el dolor

(obra: E. Hopper. texto: Dávila Onofre) 

arte & cotidianidad

había querido seguirla sin que se diera cuenta de mi presencia. desde que la conocí disfrutaba mucho verla a lo lejos, caminando entre los pasillos de la universidad, sobre las plazuelas, riendo, hablando, escuchando, entregada al momento presente, e incluso cuando yo, sentado desde mi oficina la veía entrar todavía a lo lejos, cuando me visitaba.

 

había querido seguirla, mirarla a la distancia sin que se diera cuenta. hacía algunos meses que vivíamos juntos y podía verla, después de bañarse, junto a la ventana, esparcirse crema por el cuerpo desnudo, cotidianamente. podía verla algunas tardes sentada junto a la ventana, cuando se despojaba de todo a su alrededor, de sus problemas, de mí, de su familia, de la vida, y se entregaba a algún pasatiempo que la entretenía. podía verla ensimismada leyendo, ensimismada cocinando pero sin pensar, mirando los autos pasar sobre la avenida, abajo -nosotros vivíamos en el cuarto piso. podía verla allí, pero no me bastaba, deseaba verla sin mi presencia, pues pese a todo ella sabía que yo estaba allí, cerca.

 

decidí seguirla, un buen día, cuando salía de su trabajo y se dirigía a casa, donde nos veríamos más tarde. y desde que la vi caminar rumbo al bus, la encontré sola, indiferente, como otros miles que caminaban en ese mismo momento. se sentó junto a una ventana e inclinó ligeramente mirando hacia afuera, absorta en no sé qué pensamiento, en alguna sensación que la palidecía. bajó del bus y caminó sobre la acera con la mirada fija al frente aunque de vez en cuando gustaba de mirar arriba, al cielo.

 

en el subterráneo se sujetaba con fuerza al barandal para no caer. pero allí mismo perdió la mirada, íntima y oscura. esa mirada la volvería a ver una y otra vez, en diferentes ocasiones y situaciones. quizá siempre la tuvo pero nunca me había detenido a quererla ver. en esa mirada pude ver el dolor de una vida que avanza, que no para, dentro de un engranaje casi perfecto que nos “incita”, que nos obliga, incluso con nuestra voluntad por delante, a ser, a estar, a construir, a sobresalir, a sentirnos orgullosos, a ser vistos, a ser reconocidos, incluso los hay quienes transforman esta obligación en una condición optimista de vida, creadora, una posibilidad, pero no por ella deja de ser impuesta.

 

hoy que está lejos, que ya no puedo verla en sus momento íntimos y que cada vez menos me siento capaz de seguirla, me consuela el recuerdo de sus imágenes junto a la ventana, sentada a tomar café, y pienso en todos los que intentamos escapar a toda costa de ese dolor, de esa sensación frente a la imposición, entretenidos siempre, con lo que sea, buscando en una pantalla diferentes sensaciones, algo que nos aleje del dolor, incluso sin darnos cuenta que lo hacemos por esa razón.

 

entregada a su intimidad -como las personajes en las pinturas de Hopper- me parecía que el dolor que la embriagaba no le permitiría seguir, porque el mundo al que nos enfrentamos a veces es desolador, en lo económico, en lo existencial, en lo desigual, en la profunda y mediocre sensación de abandono y de entretenimiento porque sí, la sensación de delgadez, de raquítica proporción del alma. no se juzgue a nadie por preferir mitigar el dolor en la banalidad.

 

juzguese a quienes lo promueven para su avara y propia necesidad de mitigar el dolor a costa de los otros. se nos otorgó la posibilidad de un alma llena, robusta, para que pudiésemos comprar lo que nos hiciera falta. el dolor del sujeto, es justo a lo que está sujeto, a un simple ejercicio de añoranza de lo que nunca se ha tenido, pero se aspira, o en el más moderno de los casos, al vacío de la mirada, el raquítico aspecto del alma moderna.

 

o tal vez las pinturas de las mujeres de Hopper sólo son detalles de una realidad en calma, de un estado de bienestar al que sólo se aspira en un momento del día, y no hay dolor del cual huir. sólo se trataba de la mujer a la que amé mirando sin sentido su reflejo en el cristal del vagón del subterráneo. sólo era eso.

 

desearía poder verla, aunque sea a la distancia.

me acompañó durante este escrito Max Richter, una vez más, “infra 5”.

(traducción: Fernando Bravo G.)

un proyecto de:
no_3_original.png

arte&cotidianidad año2 #3. mayo-junio. dolor.