Disertaciones del editor. 

Cuando el concurso de Spelling

sale mal.

Por:  el editor 

El miedo de uno se lleva bien con la opinión del otro. Tan sólo unas palabras  son suficientemente dañinas para que una inocente alma tropiece, y más cuando la propia integridad del individuo es frágil. Lo más sorprendente es que muchas de las veces, las palabras no son necesarias,  un gesto, y hasta un leve movimiento pueden ser devastadores.

 

Un editor “reconocido en el medio de las revistas”, me dijo un día, después de haber leído mi texto sobre lo cotidiano: “La disertación, solamente se puede hacer cuando hay un grado de erudición”. En la siguiente clase, le pregunté qué  significaba tener un grado de erudición. “Erudito es alguien que sabe mucho sobre el tema, la vida cotidiana solo puede ser contada por alguien que lo haga interesante, te recomiendo que escribas en un blog, para revistas, no. ”.

 

¿Debía escribir en un blog dónde sólo me leyeran familiares (con suerte) y uno que otro amigo que después de tanta insistencia abriera el blog? ¿Debía mantenerme entre las sombras para no exponer mis flojas “disertaciones” hasta que después de un arduo trabajo ya pudiera escribir para un público más amplio? ¿El tema de la vida cotidiana sólo estaría reservado para ciertas personas selectas, incluyendo al editor “reconocido en el medio de las revistas”? Cuando quise responderle, noté que mi voz se quebraba ¿para qué escribía? ¿debía escribir sobre otra cosa? ¿estilo de vida? ¿libros de autoayuda? ¿dedicarme a ser influencer?

Mis primeras dudas existenciales se remontan a la edad de 5 años. Estaba en la clase de inglés, en un concurso de” Spelling”. El panorama se desplegó de la siguiente manera: un salón de 40 niños, divididos dos equipos, estábamos empatados y el último punto lo decidíamos una compañera y yo. La maestra me dijo la palabra: “Wednesday” ¡Ah! Me la sabía. ¡Demasiado fácil! Había estudiado tantas veces en mi cuarto, me fascinaba jugar con las palabras, y si llegaba a equivocarme, lo volvía a intentar, era como pegarle a la pelota tantas veces hasta haber logrado meter el balón en el ángulo superior. Pensaba: “no pasa nada, estás todo el día aquí, si no lo logras hoy, lo alcanzarás mañana”.

 Pero un día, sin razón aparente, el miedo apareció, y no sólo la maestra me observaba…todo el mundo observaba…¿W-E-D-N-E-S-D-A-Y? El haberlo dicho a modo de pregunta, había invalidado la respuesta. Perdimos el concurso, estaba avergonzado; de ahí para adelante, comencé a medir cada movimiento, le pegaba a la pelota y mi pie me dolía, cada palabra que decía la pensaba dos, tres, diez veces, tartamudeaba y llegó un momento donde preferí quedarme callado, le había cerrado las puertas mundo; me volví predecible, fue como si me hubieran arrebatado la vida.

Es verdad que se puede vivir en un cuerpo de niño con alma de viejo. Enrique Lihn me entiende (Monólogo del viejo con la muerte, fragmento):

Y bien, eso era todo. Véase Ud. de viejo

entre otros viejos de su edad, sentado

profundamente en una plaza pública,

Agita Ud. los pies, le tiembla un ojo,

lo evitan las palomas que comen a sus pies

el pan que Ud. le da para atraérselas.

Nadie lo reconoce, ni Ud. mismo

se reconoce cuando ve su sombra.

Loa hace llorar la música que nada le recuerda.

Vive de sus olvidos

en el abismo de una vieja casa.

¿Por qué pues no morir tranquilamente?

¿A qué viene todo esto?

Basta, cierre los ojos;

no se agite, tranquilo, basta, basta.

Basta, basta, tranquilo, aquí tiene la muerte.

 

Cerrar los ojos, atrofiar cualquier atisbo de creatividad, creerse impotente, tener esa dificultad para escribir por temas a exponer una idea. Temor de caminar, las piernas tiemblan “¿y qué tal si empiezo a bailar y me tropiezo?” “¡Qué va! Para qué participo si voy a decir semejante estupidez!” “Se van a burlar de mí!”.

 

Aun siento en mis papilas gustativas el trago amargo que otras veces he experimentado, como aquella vez en el concurso de Spelling, o con el editor de prestigio. Ha sido de forma reiterativa… creo que me estoy volviendo un aficionado,  ¿será que eso sienten los adictos cuando el placer de la cocaína los eleva en un estado de éxtasis y no hacen otra cosa que repetir ese instante? Muy a pesar de las consecuencias físicas y mentales que produce la sustancia en el organismo, también encuentro lo lúdico en exhibir mis flojas disertaciones. Afrontar el miedo, caer en el abismo es una travesía silenciosa, incómoda. Los dientes rotos y la cara deformada es lo que menos toma importancia, lo que me consterna es que

 

D-I-S-E-R-T-A-C-I-O-N. Lo digo en voz alta, sin dudar. Voy a seguir practicando, de eso se trata.