R. Mutt

arte:

Conocí a R. Mutt del otro lado del muro, en ese país enmarcado en libertad donde pareciera que el estilo de vida, el arte y hasta en la educación son la meta a llegar de cualquier extranjero. Más aún, se escucha de este lado del muro que la vida en Estados Unidos es más próspera, progresista e incluyente: que nos aventajan treinta años en políticas públicas, leyes y derechos humanos. Puedo confirmarles que es pura fachada. Restaurantes con un diseño vanguardista  con un excelente servicio pero que al probar el alimento no pasaba de la mediocridad. Al contarle a R.Mutt mi impresión sobre este inverosímil fenómeno, no se lo tomó a mal, creo que estuvo parcialmente de acuerdo. Él tenía las facciones típicas de un norteamericano anglosajón pero, increíblemente, su manera de pensar no tenía nada de americano. Tampoco lo consideraría como un antiamericano en el sentido rebelde y decadente al estilo Beat que vagabundea a través del país. R. Mutt sin duda era enigmático.

 

Fue en un bar cuando lo vi por primera vez, no a él físicamente sino su “obra de arte”como suele llamarles. Estaba haciendo de la pipí en el mingitorio cuando de pronto, en la parte inferior derecha vi un sticker que decía: R.Mutt 1917. Pensé que se había tratado de una broma estúpida de algún adolescente que se creía la reencarnación de Marcel Duchamp, sin embargo, dejé pasar el percance. Más tarde, un poco más entonado y también brutalmente aburrido me fui a la barra y un par de personas estaban hablando sobre las obras más estúpidas que están en un museo. Me uní a su conversación y les declaré que la obra más estúpida de todos los tiempos-había pensado en centenares de obras como las de Jeff Koons, Gabriel Orozco o de Yayoi Kusama-  era La Mona Lisa.

 

Entrando al tema, les expresé mis grandes deseos de que permitieran que  la obra muriera en su estado natural, que ya no la estuvieran restaurando, que ya no la tuvieran en una cárcel de cristal, que ya no hubiera más ovejas turísticas que se tomaran selfies con ella. Fue entonces que escuché la voz de R. Mutt: yo me voy a encargar de destruir la obra. Lancé una carcajada y los hombres se mantuvieron en silencio. Fue un momento incómodo, no me quería ir aun así que me disculpé y les invité unas cervezas pero uno de ellos tenía que irse.

 

El otro hombre se quedó conmigo y comenzamos a hablar de arte y otras estupideces. Ahí me dijo su nombre: R. Mutt. Ya no podía reírme dos veces así que en tono sutil le pregunté si me estaba tomando el pelo. R.Mutt me contó que sus padres lo nombraron en honor al readymade de Marcel Duchamp y que contrario a lo que yo pensaba, se sentía orgulloso de su  nombre. R.Mutt estaba convencido de que podría apropiarse de cualquier cosa y convertirla en una obra de arte.

 

Así pues, lo invité a México para que viniera a experimentar su arte conceptual en este gran Museo llamado CDMX para que lo interviniera. Estuvo de acuerdo en venir con una condición: que otras personas también realizaran el mismo ejercicio que él realiza con el motivo de que cualquier persona puede apropiarse del objeto y generar un dialogo más activo entre el espectador y la “obra de arte” así como romper esa linea delgada entre lo que es público y lo que es privado; romper la linea entre la creación artística y la vida cotidiana.

 

Si has llegado a leer todo el estúpido artículo, puedes solicitar a la revista (mediante DM o mensaje por Facebook) unos stickers de R.Mutt para que también intervengas en el espacio público o privado. La única condición es que vivas en la CDMX o en el área metropolitana para que se te haga entrega del sticker y que una vez que intervengas el espacio con tu sticker, nos mandes una foto para publicarla en @inverösímilrevista.

 

… (continuará)

un proyecto de:
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arte&cotidianidad año2 #2. marzo-abril. estupidez.