colaboración invitada

Sobre Cara de Planta, Isaí y el consumo local.  

Por: Zonzo

 

Me hubiera gustado saber cómo era el vínculo que tenía mi abuela con las plantas de su hogar. Cuando yo tenía unos seis años, llegaba a su casa y ella se encontraba afuera del portón, regando las plantas de la jardinera. La relación que mi abuela tenía con su casa me parecía enigmática, cada objeto que había en el interior de la casa tenía una historia, y ella recordaba cada detalle: su procedencia, el año de antigüedad y una anécdota sobre ese objeto; desgraciadamente, mi abuela fue asesinada hace tres años. Pienso que si no le hubieran arrebatado su vida, en su cumpleaños le hubiese regalado una Cara de Planta, sin duda, lo hubiera tratado como a otro de sus nietos.

 

Aparentemente no tiene nada fuera de lo común el hecho de que alguien venda una maceta de barro con una planta . Desde hace algún tiempo, en el imaginario mexicano, se han ido integrando palabras que tal vez, en un principio, tenían una significación distinta como: “lo artesanal”, “lo orgánico”; incluso hemos incorporado términos del lenguaje globalizador en los que casi han llegado a asesinar el lenguaje castellano y hasta la cosmovisión mexicana. En esta atmósfera, las palabras han perdido su valor, no hay sentido de realidad y la tarea humana de recordar el propio lenguaje es cada vez más escaso. La vorágine del lenguaje globalizador, ha creado un efecto donde las palabras tienen un uso indiscriminado, ya no significan nada.

 

La primera vez que conocí a Isaí Pineda fue en la Ciudad de México, Colonia Roma, en uno de esos bazares donde venden productos hechos por mexicanos. Caminaba entre los “stands” y noté uno en particular donde vendían macetas, me acerqué más a él, estaba totalmente equivocado, no eran macetas, eran rostros. Me observaban; cada una era distinta; los ojos, la nariz, la boca, incluso las dimensión de esos rostros-maceta variaban, y lo más interesante, de como si de un cerebro expuesto se tratara, de ellas surgían plantas. Eran las cinco de la tarde, dentro del bazar no había aire acondicionado, aun así, él me atendió con una sonrisa, y ante mis preguntas, me explicó el concepto de Cara de Planta.

 

¿Cómo se le ocurrió a Isaí la variedad de rostros en la maceta? No hubo una respuesta como tal, sin embargo, me contó que desde niño, la plastilina nunca faltaba, le gustaba manipularla, jugar con ella. Isaí es de Oaxaca, viaja constantemente allá para comprar la materia prima en un yacimiento de barro; en Cuernavaca, va a los invernaderos y escoge las plantas que se adecuen a cada maceta. Me dijo: “esto me hace pensar que de manera implícita hay un flujo económico entre el vendedor de yacimiento, el invernadero y yo”.

 

En primer instancia, Isaí comenzó a realizar sus propias macetas para uso personal ya que deseaba encontrar otra forma de sustituir el plástico, así pues, encontró que el barro no sólo ejercía la función de contenedor, sino que también se convirtió un diálogo con las plantas. Sus amigos iban a su casa y lo que les llamaba la atención eran las expresiones de esos rostros peculiares que les daban la bienvenida. Luego, sus amigos le decían a Isaí que también querían unas macetas para ellos. En Septiembre se cumplen tres años desde que Isaí comenzó el recorrido personal y creativo con Cara de Planta, aunque ahora se le presenta una disyuntiva ya que los caminos se bifurcan; en la medida que la demanda de los productos aumenta, el trabajo que tiene que realizar le resulta más agobiante. Asimismo, recibe encargos especiales que son de mayor complejidad, y para aligerar la carga, su hermano suele ayudarle. A pesar de la sobrecarga, Isaí ha mantenido la empatía  e intercambio que se da entre cara de Planta y el comprador, además mencionó: “suma un efecto terapéutico que tienen las plantas”. Hablamos también de esas tiendas departamentales, como Home Depot, donde se promueve un consumo voraz, entre bromas, comentamos que nadie se ha salvado de haber ido a una de esas tiendas. “Para mí, Cara de Planta es un producto de humano para otro humano un producto que no irá a parar a manos anónimas”, dice su creador. Isaí está consciente de la demanda que está teniendo Cara de Planta, buscando alternativas, colaboraciones, integrando a otros artistas, trabajando en comunidades; precisamente para no caer en daños colaterales.

 

Me despido de Isaí. Miro a Silverio, a Segismundo que emergieron del barro como Adán; a su derecha está Juana, de cerámica vidriada ¡Ah! ¡Tiene el cabello tan largo y hermoso! Y los dos chicuelos de apenas 4cm de altura que sonríen perpetuamente alimentados por el sol. Sería apresurado decir que si solo se le echa agua cada semana, la planta va a crecer y cumpliría su función práctica. Lo que hay en Cara de Planta es una recuperación, no a la artesanía, sino a la alfarería misma. Tradición milenaria que ha sido transmitida a través de las generaciones en diversas regiones del país entre pueblos indígenas que han vivido violentadas por el “fast market”, es decir, la ideología de consumo, y hasta con campañas publicitarias donde suele exponerse:  “compra unos tenis y le daremos otros a un niño de África”, “al donar diez pesos ayudas a combatir la plaga que sacude a los plantíos de café en Chiapas”. La cuestión reside en darle su lugar a la alfarería en la sociedad, así como el respeto y la dignidad que merece, como lo han intentado grupos colectivos, y también el arduo trabajo de Isaí en Cara de Planta. En estos tiempos, es difícil discernir entre un producto artesanal auténtico y uno que sea de simulación; en los segundos; hay este dejo de olvido, donde el alfarero vive entre las sombras y no hay un reconocimiento a la creatividad y el peso que tiene el oficio en las comunidades rurales. Esperemos que se pueda contrarrestar el efecto que tienen las buenas intenciones, el altruismo, y el “empoderamiento” de las compañías internacionales y con todo respeto, a las pequeñas empresas “innovadoras”.