Artículo especial.

Luigi Amara, el Arqueólogo de Libros.

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Caminando en la avenida, buscando la librería “La Murciélaga”, miré hacia el otro lado por si de casualidad el establecimiento se encontraría en ese edificio viejo de cuatro pisos que desentonaba entre dos más altos de reciente construcción que tienen Roof Garden, Gimnasio y Vigilancia las 24 horas; en efecto, la cueva de la murciélaga estaba detrás de una jardinera, escondida entre el caos de la Av. Cuauhtémoc.

 

Al entrar a la cueva no supe si se trataba de una librería, una biblioteca o un museo. Un señor barbado entre cana y guayabera estaba en el mostrador acomodando unos libros, lo saludé y fui a hurgar a los pasillos; a medida que me acercaba a los libros, percibí un olor a viejo, abrí uno de ellos de páginas amarillentas. Por curiosidad- habrá sido más bien por intuición- se me ocurrió buscar un libro del escritor italiano Scerbanenco…“Las Princesas de Acapulco”, fue el libro que descubrí. Quedé aturdido: ¿cómo era posible encontrar aquel libro que sé surreal gracias  a la portada, como sacada de la época de Blue Demon y el Santo?

 

Fui hacia el mostrador y le pregunté al señor de guayabera blanca si tenía el libro de ensayos sobre Francis Bacon. Salió del mostrador, buscó en la sección de Arte, lo tomó y me lo entregó en mis manos (libro firmado por José Luis Cuevas); al ver que me había interesado en el libro de Scerbanenco, me condujo a la sección de Novelas Negras. Hubiera sido un exceso de amabilidad que me hubiera llevado de la mano a la sección de Poesía, Esoterismo, Filosofía y Novedades. Le hablé del proyecto de la revista Inverosímil, y los temas que queríamos abordar en esta edición (sobre el ritual), y me propuso enviarme una serie de ensayos que tienen relación con lo que habíamos comentado. Le pregunté su nombre, “Luigi”- me contestó. Aguaradría por su texto y veríamos de qué manera colaborar. Al día siguiente, viendo las historias en Instagram, me di cuenta que la Galería Kurimanzutto estaba transmitiendo en vivo; dos hombres dando una conferencia, uno de ellos era el artista Abraham Cruzvillegas y el otro señor daba la casualidad de que ayer habíamos tenido una conversación !Era Luigi Amara con quién había hablado! Me alivié de no haberlo reconocido la primera vez porque no hubiera sabido qué decirle o cómo reaccionar.

 

Luigi Amara, además de ser poeta, ensayista y uno de los propietarios de la librería, entreví, gracias a los ensayos que me envío, llamado, Libricidad, que a todas luces es un arqueólogo -a diferencia de los que encuentran tumbas (en el mejor de los casos), artesanías antiguas u objetos raros- de librerías de viejo: [“…son enclaves ideales para el refugio, auténticas topografías eróticas, guiños habituales de las urbes que, a manera de los antiguos cementerios o las ruinas arqueológicas, nos ofrecen recogimiento y silencio”].

 

A lo largo de mi adolescencia, y hace unos cuantos años atrás, creí, con particular arrogancia, que traer bajo el brazo a Marcel Proust, haber comprado libros de Foucault o novelas de José Revueltas me hacía un rebelde al imponerme a la mercadotecnia de la “novedad”, como si mis libros fueran un antídoto a los best sellares o de las librerías comerciales ¿qué tipo de seguridad y control aparente me proporcionaba la idea de estar en las lecturas correctas? Cuando en las clases de Escritura Creativa, en la EME (Escuela Mexicana de Escritores), el profesor preguntaba acerca de los libros que estábamos leyendo, cada compañero mencionaba a escritores consagrados o medianamente conocidos ¿qué contestaba yo? No podía repetir a los mismos autores, tampoco mencionar autores que se vendían afuera del metro por cincuenta pesos  ¡Ja! Creía escuchar: “¿ya vieron? El chavo de allá está leyendo algo parecido a 50 Sombras de Grey”. Al llegar mi turno, me ponía serio, como si realmente fuera un asiduo lector de poesía: “ah, bueno, entre todos los autores, estoy leyendo a Enrique Lihn. Mi orgullo era mayor porque el profesor desconocía al poeta chileno.

 

En el ensayo, “El viejo encanto de lo único”, Luigi opone perspectivas entre lo que son grandes cadenas de supermercados de libros y las librerías de viejo: [“… prometen, en contrapartida, el vértigo de lo raro e impar: la cita nunca concertada con lo que ya no se consigue, con un objeto irremplazable que quizá se instalará para siempre en nuestra cabeza —y no únicamente en nuestra mesa de noche—, hasta volverse tan necesario e íntimo como un talismán”.

 

Después de las clases de Escritura Creativa, mis compañeros y yo nos reuníamos para hablar, entre otras cosas, de Literatura. A alguien se le ocurría un comentario sobre los libros que leían cuando eran niños; sus padres los llevaban a las librerías, sus familiares- a menudo los abuelos- los introdujeron al mundo de la literatura (había, claro, un aspecto fantasioso en sus anécdotas, pero en ese momento me parecía verosímil). Yo me quedaba callado ¿qué iba a decir? Seguramente inventaba alguna cosa, ocultaba lo que pudiera ser motivo de vergüenza.

 

Para mí, el espacio íntimo, “mi talismán”, era más bien la sección de revistas en el Sanborns. Me podía quedar sin comer con tl de leer las revistas: Niños, Quo, Muy Interesante. Me las llevaba a casa, recortaba las imágenes y pegaba mi propia revista, donde el tema principal era la reseña de videojuegos; lo dejé de hacer un día porque a una Miss le confesé que rayaba mis cuadernos en vez de apuntar el dictado ¿qué era más importante que la voz monótona de la Miss? Hacía garabatos, escribía a modo de borrador, cartas de amor a las niñas que me gustaban. Ella, en un tono imperativo, me dijo: “los libros no son para rayar, son sólo para leer”. Dejé de garabatear y de recortar revistas, las hojas de los libros de texto de la SEP perdieron su valor lúdico.  

 

Luigi, en otro de sus ensayos, “Libros de segunda mano”,  se refiere a Gaetano Volpi, “acaso el más celoso guardián de bibliotecas"( sin duda fue un pariente lejano de la Miss de primaria), personaje que repudiaba las malas costumbres de los lectores porque les hacían un daño irreversible a los libros, describe su propia experiencia en torno a los libros rayados: [“…haber aprendido a disfrutar de esa libertad con que un lector anota en ellos toda suerte de apuntes, la manía de ensuciar un libro con garabatos y acotaciones, pues lejos de ser un estorbo o una mácula, alcanzan a menudo la condición de un género literario en sí mismo, que redime y hasta justifica las páginas de un volumen mediocre”]. En la pubertad, mi padre daba la orden de escombrar el cuarto; consistía en sacar del clóset todas las revistas que ya no usaba, me quedaba claro que había dejado de ser un niño, no tendría razones para seguir leyendo esas tonterías ¿entonces por qué me costaba tanto trabajo tirarlas a la basura? En ese momento no lo entendía bien, tal vez no quería aceptar que tenían un valor especial ¿cómo iba a tirar mi infancia a la basura? ¡Dios! ¡Una etapa de libertad, de lucha incesante contra el adoctrinamiento de las Misses y un intento de darle una vuelta de tuerca a los libros de la SEP!

 

Me pregunto si es posible que el lector mantenga cierta armonía entre la Era digital (interacción de redes sociales, libros, revistas digitales y arte digital) y la experiencia que puede proporcionar un libro de papel, un objeto vivo que late y respira, o sumergirse, excavar en las hojas y hojas que ofrece una librería de viejo como lo es “La Murciélaga” y, de pronto, encontrarse con la incógnita de que el propio lector es susceptible de convertirse en arqueólogo (no sólo de libros), y quizás también en un investigador de secretos, recuerdos y tesoros de la propia historia.