manifiesto.

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Viajábamos en un tren de pasajeros, cuando en medio de un magnífico recorrido nos preguntábamos por qué las personas son  tan respetuosas: nadie hablaba alto, ni escuchábamos su música incluso con los audífonos puestos. Entonces pensamos que debíamos escuchar música tal y como ellos. Abrimos el reproductor contemporáneo por excelencia –disculpen que no digamos la marca pero nuestros miles de #seguidores censurarían que lo hacemos-.- Abrimos Spotify y apareció “Hits Latinos”, Maluma como representante en la portada. Era el momento de decidir entre Hits Latinos o Schoenberg. Optamos por el segundo porque nuestras conciencias repudiaban lo contrario. Tantos aspectos censuran nuestro ser y actuar, a veces el contexto, otras, las decisiones propias y no nos percatamos de ello. Antes era: “Los dioses son dueños de nuestro destino”. Ahora: “Eres dueño de tu destino”, “Ámate a ti mismo”, “Emprende y serás tu propio jefe”.

 

La censura es parte de la civilización, tan necesaria como la libertad. Censurable es hoy en día hablar mal de las mujeres, de los homosexuales, de las cuartas transformaciones. Por qué no censuramos el capitalismo, o el consumismo, o la producción en masa, o la tecnología inservible, porque de una u otra manera nos satisface, es importante protegerlo, y para asegurarse, hay que sacarse los ojos. Pero hay contextos en los que aún no es prudente hablar de homosexualidad, ni qué decir de la transexualidad, y nosotros, los progresistas lo censuramos. “Censura a la censura”: NO SE PUEDE NO HABLAR DE ELLO. Hay que hablar de ello, hay que consumir de ello ¡A la hoguera, a la guillotina virtual! quien se atreva a decir lo siguiente: ¡Qué se mueran los putos! ¡Qué  se jodan las mujeres! ¡Que viva la pederastia! Sería fácil y estúpido decirlo y no tenemos la intención de hablar por hablar.

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La pregunta:  ¿Quién censura y con qué fines?

 

Ha habido momentos sociohistóricos en los que la censura era diferente, más rígida, marcada, tal vez. Hoy es censurada la posibilidad de una vida adecuada sin dinero, sin tarjetas de crédito ni bitcoins. Quién pensaría que alguien merece una vida digna sin trabajar, nadie, casi nadie. No trabajar es equiparable a ser desechable, biodegradable. No hagamos la ridícula afirmación que vivimos en el tiempo de la libertad de expresión absoluta, los conservadurismos no se han ido ni se irán, están disfrazados. Más de la mitad de la población sigue pensando que conservar sus propios valores es mejor que intentar modificarlos, ya vemos Europa que intentó por años establecer una sociedad más igualitaria. Si no existió la torre de Babel, ni la Unión Soviética, no existirá una cuarta transformación.

 

EEUU ya hizo su elección, Brasil hizo lo suyo, “¿Cómo es posible que elijan a Bolsonaro, a Trump?” A la crítica se le considera, “Fake News” o “No está comprobado científicamente”. Los seres humanos somos así, conservadores del espacio en el que habitamos, y de los valores que nos hacen sentir más cómodos, más seguros, menos ansiosos. Consumimos, devoramos, es el arte de hacerse pendejo. CENSURAR es una palabra que se desdobla en la cotidiano, tan solo hace falta (¡gran esfuerzo!)detenerse y pensar. CENSURA es algo incómodo, que no suena bien, no se ve bien. CENSURA es una posibilidad de comprensión, de entendimiento ¿Qué está siendo censurado?  ¿contra qué atenta? ¿qué principios confronta? La CENSURA es, al final del día, el final de la indiferencia. Se avecina otro capítulo utópico, ¡sálvese quien pueda!