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arte:

Dicen que la estupidez no tiene límites, pero me parece que siempre podemos ser más estúpidos cuando nos lo proponemos. Sobre todo con nosotros mismos al lastimarnos y al  echarle la culpa a los demás. ¿De qué manera  uno puede dejar de maltratarse?

 

Vivo/vivía en Los Ángeles desde el año pasado y me dedico a hacer arte y esculturas de las cosas que veo a diario. Soy chilanga del sur. Muy sur. Desde chica me enseñaron a esconder todo. “Tápate mijita, peina esos pelos, súbete esos escotes,  que no te vean llorar”. “Que te vean sonriendo. Siempre sonriendo, en todos lados”. Fake it until you make it. “Que no te vean pendeja, que te vean lista. “Muestra perfección para que te recuerden, para cuando bajes del avión y pases a que te sellen sin problema”. “Siempre que te vean bien, que eres de gente bien. Dios mío.  Te peinas y te tapas el brazo”. Esto era todo lo que escuchaba para mis adentros y que se fue implantando en mi comportamiento, poco a poco. Es la ilusión de saber que ninguna de esas cosas sirven cuando te toca. Es mentira, no sirve. Andan agarrando parejo a todo el mundo.

Al pasar a ventanilla cada vez que llego a Los Ángeles siempre debo creerme la fantasía de que acabo de salir de la universidad y ando viendo qué pedo con mi vida. Conociéndome pues. Llevo años en este mismo punto y moviéndome lentamente. Estoy muy cansada y asustada. Sobre todo cansada. Veo a gente muy talentosa a mi alrededor y también a gente muy estúpida teniendo mucho éxito. Me acompleja mucho y me avergüenza admitir que me dan envidia. No de la buena. Prendo un porrito aunque son las 8 am. Me revuelve ver ahí la evidencia de que he perdido el tiempo, concepto que no tiene nada que ver con likes o followers nuevos.  El ciclo depresivo consiste en cerrar Instagram cada hora y volver a ver telenovelas que ya vi muchas otras veces y que siempre terminan en lo mismo: una boda católica y gemelos güeros que bautizan las nuevas patronas. Son las ganonas. Esas vidas todavía suceden, pero no van conmigo. Lo intenté muchos años y no tuve suerte. Pongo los codos en la mesa y soy muy mal hablada. Prendo el mismo porro, que ya está algo bajado, otra vez.


 

Antes de irme de Los Ángeles a la Ciudad de México. un par de semanas ahora en Febrero del 2019,  las cosas empezaban a pintar mejor: había superado un trauma familiar muy complejo,  había hecho mis maletas enteras, empezado un proyecto con mi mejor amiga y con planes de hacer todo de manera legal en el futuro. También había sacado mi tarjeta de biblioteca, encontrado un estudio de serigrafía muy chido a distancia de caminata de mi casa, además de conocer un novio decente que sí contesta el teléfono y que le parece fascinante verme frente al comal cuando le hago sus quesadillas; había logrado entrar al festival de fanzines de Los Ángeles, que la neta si estuvo bien difícil porque tenías que mandar portafolio de narrativa. En fin...todo iba en mejores aguas, lista para seguir, entre porro y porro para calmar “la ansiedad”.

Cada día me había vuelto más apática en cuanto a las respuestas en Seguridad (la aduana de Estados Unidos)y cada vez entrecierran los ojos entre sello y sello. Sin embargo, ahora había sido diferente...

- ¿Cuánto tiempo va a pasar para que usted esté satisfecha con los “cursos” que viene a tomar?
- UHHHHHH

- …….

- UHHHHHH

- ……

- ¿Junio? Tengo un boleto de vuelta (¡que te hacen comprar o no puedes salir de México!) No sé si eso le sirva.

- Páseme su teléfono y vemos. Vamos a hacerle más preguntas de este lado. Pásele. Deje ahí sus maletas. Nosotros nos ocuparemos de la otra.

 

- Con mucho gusto, sí. Con permiso (con cara de pendeja y todos mirándote con lástima y ligera sospecha. Tú deteniendo tu almita, caminando de manera erguida, intentando no temblar cuando entregas tu teléfono lleno de porno).

 

Escarbar entre mis recuerdos recientes duele mucho al recordar los eventos sucedidos en esa sala de interrogación de tercero de secundaria y lo estoy bloqueando demasiado rápido. Igual de horrible que la secundaria. Esas luces blancas de laboratorio de química, física y biología donde no entendía ni madres, las pinches sillas que eran iguales a las que compraron en el último año cuando ya tenías las nalgas todas astilladas, hojas de papel culeras pegadas con cinta canela en el vidrio lleno de dedos con una carita feliz diciendo “thank you take a seat!!! :)” Una máquina de refrescos genérica con las bebidas más decepcionantes que pueden existir en ese momento. Sin bebederos alrededor. Esperando con angustia que no mencionen tu nombre y si lo hacen, que sea para decirte que todo fue un error y que los perdones o que sí pasaste de año.

Estuve ahí hasta que se hizo de noche. A la mitad del tiempo decidí voltear finalmente a la esquina atrás de mí y vi unos catres. No volví a mirarlos más que un par de veces más. No quería hacerme a la idea de que esa esquina podía ser mi cama esa noche y no mi colchón al que ya me había acostumbrado aquí.

 

El problema es simple: había echado raíz y ya no había espacio aquí y lo entendía.  Pero eso no importaba, porque las razones oficiales fueron intento de realizar negocio (por el festival de fanzines y otros dos eventos a los que asistí pero no vendí nada) adicionado con un cargo por uso de narcóticos en el país. En Los Ángeles. Donde el propio aeropuerto huele a marihuana.

 

  • Pero..¿ no es legal?

  • Para ti, no.
     

¿Cómo aguantar el día a día entonces? Estuve viviendo vidas dobles desde hace muchos años. Siempre entre hombres, hoteles y vicios. Los vicios son los únicos que se quedan contigo cuando los estúpidos te dejan. Los que alejan a tus amigos y te ponen a la defensiva para seguir haciendo “microdosis” varios ratitos al día. Los oficiales de Seguridad aduanal leyeron mis mensajes del WhatsApp con mi dealer en DF y algunas conversaciones casuales con mis amigos de acá sobre los porros, y de ahí me agarran. Si algún día me permiten regresar, siempre debo pasar ahí y admitir lo que hice aunque ya no tenga esos desayunos químicos.  Siempre continuar con la estigmatización de las adicciones. Tratándonos como enfermos, como gente estúpida que no supo hacer bien sus decisiones.

 

Ahora tendré que cargar con la cruz de haber realizado decisiones “estúpidas” según un estado que decidió mirar hacia el otro lado cuando enseñé mi pasaporte en comercios legales mientras recibían un tax del 15% por ello. Fui negligente y perezosa para aprender sobre esto. La verdad me valió verga un poco. Como en todo. Pensé que igual que en casita, el pagar en este tipo de comercios haría que la gente mirara al otro lado. Diré la frase que siempre me pareció de pendejos y que refleja mucha estupidez y apatía: se me hizo fácil. Más fácil que ir a esperar sola en el callejón a algún sujeto con marihuana toda seca y café para al final ver si volvía a casa o subirme a un taxi sin placas a dar la vuelta en lo que la transacción ocurre. Me pareció más fácil ir al dispensario donde me saludan y luego pasar por una hamburguesa con papitas al Shake Shack de a lado. Surreal.

 

Me doy mucha risa todos los días y soy menos pinche conmigo misma desde ese día. Este tipo de cosas siempre me suceden. Nos están sucendiendo a todos. Nos están cachando. Qué oso. Para este verano les recomiendo visitar su biblioteca local, leer Inverösímil para evitar o abrazar la estupidez,  usar chats secretos que se auto destruyan, bloqueador solar,  fumar y ponerse gotas de ojos. Aprender a esconder bien los vicios, aprender de la estupidez ajena.

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arte&cotidianidad año2 #2. marzo-abril. estupidez.