nómada oaxaca.

Subiendo el monte.

 

1

 

Estamos mi madre y yo sentados en una cafetería en el centro de Oaxaca,  tomando chocolate con agua. Ya está atardeciendo y enfrente de nosotros hay unos niños jugando a las traes, el más grande tendrá unos diez años y el otro unos siete años, me dan ganas de levantarme y preguntarles si puedo ser el tercer participante, en eso, mi madre comienza a hablar sobre sus preocupaciones personales “¿le habrá picado un mosco?”, me pregunto para mis adentros. Bebo su chocolate por si en una de esas tuviera alcohol. Hay algo en el ambiente que le permite hablar con mayor libertad. Me da gusto, la veo en los ojos y está contenta.

 

Mi madre cuenta que ella y yo éramos inseparables cuando yo era chico, Es cierto, viene a mi mente una fotografía donde estoy en el McDonalds montando un pato que traen resortes y ella está a mi lado con una gran sonrisa. Fue cuando cumplí tres años que el rumbo de ambos se dividió: ella consiguió un trabajo de tiempo completo y yo entré al kínder. Mi primer kínder se llamaba Patitos, era una escuela pública, pero mi madre se empeñó en que yo entrara a una escuela privada donde enseñaran inglés “Hiciste exámenes en tres escuelas distintas, en dos no te aceptaron”, se ríe mi madre, “pero igual eran chafas, la mejor de esa zona era el Ovalle Monday y en esa te aceptaron porque la persona que te estaba evaluando me había dicho que como eras zurdo, no podías atar bien los zapatos”. Al parecer mi madre se apropió de esa idea porque el que yo fuera zurdo significaba que tendrían que ser más tolerantes conmigo porque si no podía realizar algo, era por “mi condición” ¿Cambiaría drásticamente el mundo si de un día a otro, los zurdos nos apropiáramos de las reglas y todo lo invirtiéramos? ¿los niños notarían la diferencia si el carrusel, en vez de girar hacia la derecha, lo hiciera a la izquierda? En medio del ex-Convento de San Pablo pusieron uno, y los niños se forman en la fila para subirse, algunos padres se suben con sus hijos que son más chicos o que igual son grandes pero lloran si los dejan solos. Mi madre tose, ha estado tosiendo desde que llegamos de Oaxaca, ya estoy acostumbrado a que cada fin de año se enferme, de gripa o de tos. Solo una vez la he visto realmente mal físicamente, en aquella ocasión íbamos de regreso de Guanajuato hacia  Querétaro. Llegamos a la casa de mi tía, se acostó en la cama, mi tía le tocó su frente, tenía fiebre, le puso una toalla fría. Yo me fui al otro cuarto porque no soportaba verla así ¿acaso no somos los hijos los que nos da fiebre y que incluso pretendemos estar moribundos para no ir a clases? Ella solía saber sí le estaba mintiendo, porque para mi desgracia, pocas veces me enfermaba de niño y si yo insistía, me amenazaba con llevarme al doctor para que me pusiera una inyección. Mi tía le aconsejó que fueran a un doctor, pero mi madre contestó que no era necesario, solo necesitaba descansar ¿eso quería decir que también le tendría miedo a las inyecciones? Me dirigí a su cuarto y me pidió que la tomara de su mano, me estaba diciendo algo pero no lograba escucharla porque en la tele estaba la ópera. No era necesario escuchar su voz, sus lágrimas caían lentamente a través de sus pómulos. Esa tarde descubrí que mi madre también era vulnerable.


 

2

 

Caminamos hacia el zócalo y hay gente amontonada alrededor de un escenario improvisado. Es la orquesta infantil y juvenil de Oaxaca, están tocando danzón y como si se tratara de  un concurso, hay unas cuarenta parejas bailando, en su mayoría hombres y mujeres de la tercera edad “Mi mamá seguramente estaría bailando ahí”, dice mi madre en un tono nostálgico. Ella murió ya hace unos años de una forma muy trágica. En la niñez, ir a su casa en domingo lo ansiaba durante la semana porque al traspasar la entrada de su casa siempre se escuchaba música, era como estar en otro país, en Cuba o Argentina. Mi abuela tenía predilección por artistas de aquellos países y si no era porque desayunaba huevos con catsup, hubiera creído que estaría desayunando en La Habana o en Buenos Aires. Mi abuela viajaba seguido, al menos diez veces al año, y siempre iba acompañada de sus amigas del seguro social. Nos mostraba las fotos de sus viajes, y estoy casi seguro que ella fue la que inventó el Stop Motion porque en tres segundos ella podría tomar al menos 20 fotos. Otra cosa que hallé después de su muerte era ella tenía decenas de bitácoras de viaje guardadas en un cajón. Se trataban de anotaciones, impresiones y descripciones del país que visitaba. Entre sus bitácoras, no encontré uno que haya escrito de Oaxaca, pero imagino que lo hubiera escrito de la siguiente manera:

 

Oaxaca:

 

Llegamos a la ciudad de Oaxaca. Es muy bonito. Nos quedamos cerca del centro, a unas cuadras de la Catedral de Santo Domingo. El hotel es grande, tengo mi propio cuarto y las almohadas están suaves. Al bajar a la recepción, mis amigas y yo nos ponemos de acuerdo y tomamos un tour que nos llevará a Mitla, Hierve el Agua y Matatlán. La persona que nos va a dar el tour es extranjero, se llama Chris, es muy guapo. Tiene los ojos azules. Primero vamos a Hierve el Agua, temprano para que nos podamos tomar fotos en las cascadas. Chris dice que son cascadas petrificadas. Los zapotecas estuvieron ahí al menos 2500 años antes que nosotros. Hay una alberca natural, el agua está tibia, fue una excelente experiencia. Vamos a Mitla, son ruinas arqueológicas, Chris nos cuenta la historia del lugar, nos anima para que bajemos a un túnel que hay debajo de una pirámide, yo soy la única que acepto. Chris me acompaña al túnel. Él es de Canadá y ha vivido en Oaxaca durante dos años y medio y que se ha enamorado de México. Le digo que México es muy bonito pero que la Ciudad de México es todavía más bonita. Hace calor, en el túnel no entra el aire, me estoy quedando sin respiración…

 

En las bitácoras de viaje, mi abuela tiene hojas enteras describiendo un lugar, peor que las novelas del realismo. Hay que rastrear minuciosamente en el texto para encontrar lo que sentía mi abuela más allá del: “bonito, guapo, lindo”. Pero es verdad, mi abuela era poca expresiva, al igual que mi madre.  Uno no sabe si mi madre está enojada, triste, o si le está dando una catástrofe interna. Es a lo que llamo el modo Stand by, pero ese modo de ser en mi madre se pone en juego cuando de camino al hotel mi prima me manda el siguiente mensaje:

 

Solo te mando mensaje para decirte que mi abuelita está grave, tiene una bacteria en el ojo y se lo van a tener que quitar, hoy la internaron y hoy mismo la operan.

 

De pronto, la obscuridad ha permeado las calles de Oaxaca, pero a la gente que trabaja, vive y visita Oaxaca le agrada ese ambiente: la temperatura baja, las calendas se pasean en la calle de Macedonio Alcalá, se escucha música de los bares, pero lo único que necesito en este momento son unas palabras cálidas: “bueno, pues que te digo, la diabetes es algo que ha tenido desde hace muchos años y a pesar de lo que le dicen los doctores, no se ha cuidado tan bien”, me dice mi madre en un tono neutro, como si me estuviera explicando el diagnóstico el doctor de mi abuela ¿le estaba exigiendo demasiado a mi madre dada la manera en que mi padre y ella se separaron y que a lo mejor el tema de mi abuela paterna le removiera experiencias dolorosas?  

 

3

 

Vamos rumbo a Capulálpam de Mendez, son aproximadamente dos horas debido a que la carretera es de un sentido y de pronunciadas curvas. Una de las atracciones del camino, además de los pueblos que hay en el camino y de la vegetación, es la de los perros callejeros que abundan por esa zona que saben muy bien por dónde andar, siempre a la orilla. Me toca a mí manejar, mientras que mi madre está de copiloto. Estoy muy atento por si se llega a atravesar alguno. Suponiendo que atropellara por accidente a uno de los perros, algo que me gustaría presenciar sería sacar a mi madre de su modo Stand By ya que ella ama a los perros, también se enojaría conmigo, pero valdría la pena intentarlo. A la mitad del camino, en la orilla de la carretera, hay un perro detrás de un buey, más adelante se atisban otros cuantos bueyes. Miro a mi madre que la noto preocupada, como si de repente tuviera a mi lado una mujer cuyos sentimientos florecieran entre la obscuridad. El perro es de color gris y parece tener unos golpes que alguien le propinó en sus patas. Intuyo que a mi madre le gustaría llevarse ese perro a la casa.

 

Llegamos al pueblo mágico, y vamos directamente a la Parroquia de San Mateo donde hay unas señoras poniendo unos arreglos para las festividades del año nuevo. Dentro de la parroquia huele a incienso. Los retablos que tanto he escuchado, están cubiertos de plástico porque se está en restauración. Cerca del atrio, hay unos ángeles que miden 1.50 metros de altura, ambos están tuertos. Es una parroquia que alberga tesoros del barroco y la modernidad ya que se puede apreciar una pintura del siglo XVI y debajo, en una mesa, hay un sintetizador  marca Eurotrack del siglo XXI. Por primera vez, desde que partimos de la ciudad de Oaxaca a Capulálpam escucho sonreír a mi madre, aunque con cierta dificultad porque tiene frío. Salimos de la parroquia y detrás de la edificación hay una cruz en un monte. Mi madre, más animada, propone que vayamos hasta arriba para ver el paisaje.