Texto por, Gustavo.


 

No recuerdo la hora, ni el día, ni el mes, ni mucho menos  el año en el que me di cuenta que yo era adolescente. A decir verdad, no tenía ni idea de lo que significaba ser adolescente.

 

Surgían de mi interior una serie de sensaciones inexplicables que nacían en la piel en forma de vello púbico, en docenas de granos en la cara, en la espalda inclusive en las nalgas. Mi piel se volvía un territorio  desconocido en el que extrañamente yo habitaba.

 

Además, mi voz tenía la peculiaridad de tener el sonido de un piano desafinado y a pesar de la tragedia, no había otra opción más que seguir hablando, diciendo cosas que no tenían conexión entre sí “¿Intentar explicarle a alguien sobre las sensaciones?  ni siquiera con mis amigos, ellos y ellas tampoco lo sabrían "¿qué comprenderían ellos si eran iguales a mí?”, pensaba para mis adentros. Me encerraba en mi cuarto, leía unas cuantas revistas o libros pero no lograba concentrarme; ponía en la radio cualquier estación, jugaba videojuegos, aun así, las sensaciones no se iban. En última instancia, miraba pornografía aunque no tuviera ganas y pensaba que si lograba masturbarme, el malestar se iría ¿Hablar con mis padres? podría ser una posibilidad, sin embargo, cuando salía del cuarto recordaba que ya alguna vez había intentado hablar con ellos. Me quedaba paralizado unos diez minutos en el pasillo antes de tomar una decisión…hablaba con ellos o me regresaba a mi cuarto…de pronto…!me sentía eufórico, poderoso, imponente! ¿¡qué saben mis padres de la vida?!¡absolutamente nada! me daba la media vuelta, salía corriendo del departamento, bajaba por las escaleras y rápidamente iba a los departamentos de mis amigos para proponerles ir al billar. La sensaciones desagradables que habría experimentado horas atrás tenían una especie de transformación cuando le pegaba a las bolas de billar y veía como se deslizaban por la mesa. Por un momento, era parte de un grupo lo que significaba que me sentía protegido.

 

Era cuestión de minutos  cuando alguno de mis amigos sacaba de la bolsa del pantalón un encendedor y un par de cigarros sin filtro “¿Quieres?” Esa pregunta venía a tambalear mi estado de seguridad  porque al negarme fumar un cigarro me traerían nuevamente esas sensaciones extrañas, incomprensibles que volarían sin autorización alrededor de mi cabeza y toda esa muralla de protección sería derrumbada de la misma manera como fue erigida. Viene a mi cabeza entonces una pintura de Nahomi donde hay un adolescente mirando al vacío siendo invadido por unos garabatos,  balbuceos, por lineas que se esfuerzan a ser vocales pero que ni siquiera llegan a formarse. La adolescencia posee la particularidad de experimentar una fragmentación verbal involuntaria, en mi caso lo vivía a través del tartamudeo, las palabras que pensaba articular eran débiles, cortadas, leves destellos humanos que se fragmentaban a menos que encontrara un recipiente donde yo pudiera sentirme a salvo. Rara vez me pasaba.

 

Los días en aquella época eran largos.  No se trababa del concepto del tiempo, no no era eso. Se trataba del pensamiento que se movía lentamente y probablemente se debía a que la visión del mundo me era insoportable. Ver a un niño jugar, reír o incluso llorar me despertaba repulsión. Deseaba con todas mis fuerzas agarrar a ese niño, romperle los dientes, arrancarle su cabeza y tirarla a un bote de basura. La pintura del niño de colores de Nahomi muestra la vivencia de la extrañeza en el infante como un mundo a ser descubierto y la gracia espontánea  de incorporar la belleza del mundo en su entorno, sus prendas, hasta en sus uñas. Ese polimorfismo, es decir, que el niño puede adoptar múltiples formas, era lo repudiaba. Si el niño representa el polimorfismo, el adolescente recurre a monopolizar cualquier acto humano “¡Qué estúpido eres!”, me decían mis padres cuando nada me gustaba: “¡Estás en la mejor época, pronto serás adulto y tendrás que trabajar! ¿cuál es tu única obligación en estos momentos? ¡estudiar! es lo único que te pido”.

 

Aparentemente si un adulto observara las pinturas de Nahomi describirían adolescentes estúpidos, arrogantes e incluso indiferentes; si las miramos desde los ojos de nuestra experiencia adolescente que transitamos hace un tiempo-o aquellos que lo están viviendo en carne propia- descubriríamos la posibilidad inherente del ser humano en transitar con mucha dificultad y dolor-lo cual le da valía al adolescente como si se tratara de una odisea-la incertidumbre, el desconocimiento sobre sí mismo y su entorno. De manera superficial podría interpretarse que la adolescencia es una etapa de crecimiento, de aprendizaje e independencia, sobre todo cuando hoy en día, ciertas corrientes “científicas (psicológicas y pedagógicas)”, sociales y culturales no se cansan en adiestrar, moldear a su imagen al adolescente para que sea un individuo, un ciudadano que se adapte en la escuela y que en la medida de lo posible, se le exija  al adolescente una cantidad de rebeldía, pero !cuidado si se sale de la norma¡ La salida fácil para el que convive con el adolescente es mirarlo como un enigma y recurre a querer encerrarlo en una actividad, en un internado o clasificarlo en un manual donde se diga cómo controlarlo como si se tratara de una bestia indomable. Tal vez hay una parte de verdad en la bestialidad del adolescente, en su arrogancia, indiferencia y estupidez. Nahomi muestra a esa bestia de 13, 15 o 19 años que pasea por la existencia en un devenir incierto, deforme, solitario lo cual no habría que demeritar. Más aun cuando la propuesta ideológica en la actualidad es valorar la certidumbre, la certeza y la adaptación.

 

Lo que no logro concluir y me ha dado vueltas por la cabeza es: quién es el estúpido, el adolescente o el que cree que el adolescente es estúpido.

un proyecto de:

arte&cotidianidad año2 #2. marzo-abril. estupidez.