el espejo del dolor.

(obra: Prudencia del dolor. texto: Gustavo.) 

retratos

Evito a toda costa mirarme en el espejo. Fue una práctica que comencé tal vez en la secundaria cuando mi cuerpo fue cambiando. En mi cuarto, arriba de unos cajones se encontraba el espejo que siempre permanecía inmóvil pero que resultaba complicado evadirlo porque para salir al pasillo del departamento tenía que pasar por ahí. Tenía que cerrar los ojos con mucha fuerza cuando tomaba mi ropa (ya sabía donde se encontraba el cajón de las playeras, pantalones, bóxers y calcetines pero no sabía qué era lo que iba a elegir al azar) por temor a  que viera en el espejo los granos que salían en todo mi rostro, además de que mi nariz crecía a la misma velocidad que mi panza; evitaba los espejos del baño de la escuela, los grandes espejos de los centros comerciales y hasta los espejos que servían para ver si a uno le quedaban bien los tenis. En cambio, mis compañeros iban en grupo a mirarse en el espejo para mostrarse los bíceps y cuando la competencia se ponía seria algún compañero decía; "¿quién se atreve a enseñar su verga para ver quién la tiene más grande?”, pero nadie se atrevía. Aunque siempre me dio curiosidad entrar al baño de las niñas, nunca pude escabullirme para escuchar las conversaciones entre ellas. Supongo los usos que le daban al  espejo era para esencialmente maquillarse, arreglarse el cabello, platicar, pelear y bailar. Creía que el espejo no era algo importante en mi vida, para mis adentros, le pintaba dedo al espejo porque había ganado la batalla contra él.

 

“Un mundo sin espejos, un mundo sin reconocerse a sí mismo”, era una frase que repetía dentro de mi cabeza como un mantra que fungía a manera de oración mágica que tenía que ser alimentada constantemente para mantenerla viva. Paralelamente, me comenzaban a gustar las chicas pero era demasiado tímido para hablarles. Hubo una vez que una en niña quería darme un beso y unos amigos tuvieron que agarrarme para que ella lograra su cometido. Fue después de clases que un gran deseo de llorar me invadió, pero me contuve. Fue cuando  Subí las escaleras del departamento que ya no aguanté más y un llanto inexplicable me invadió. El llanto iba acompañado de gritos, podía comprender mi malestar, sentía algo que me aprisionaba el pecho “¿Este dolor es mío?” me preguntaba entre lágrimas “¿estás lágrimas salen de mis ojos?” “¿este corazón que se sale del pecho es mío?” “¡Necesito un espejo para poder comprobarlo!” Abrí como pude la puerta del departamento y corrí hacia mi cuarto…

 

Los retratos de Prudencia del Dolor son para mí espejos que dan cuenta del reconocimiento del propio dolor, esa experiencia que no se puede expresar con palabras, que no se puede contar, no por egoísmo, sino porque el lenguaje es insuficiente para compartirle al otro la vorágine de sensaciones que circulan por todo el cuerpo. El espejo es un instrumento común en los gimnasios, en los salones de belleza, en las escuelas, probadores, en prácticamente todas partes. El espejo se ha vuelto un dispositivo para comprobar si se tienen los elementos estereotipados de la belleza o la fealdad. Se le ha privilegiado al mito del Narciso para reducir el concepto del espejo como un complejo narcisista o por el contrario, una incesante búsqueda de aspirar a algo “superior”, “mejor”. Prudencia del Dolor le dota al espejo/retrato la posibilidad de reconocerse a través del dolor y explorar los mundos que se esconden en cada lágrima, en cada suspiro.

 

Me miro en el espejo, años después y sigo experimentando miedo y angustia al mirarme. Después de unos segundos de exploración, no está tan mal, casi no tengo granos, mi nariz no creció tanto pero mi panza sigue creciendo; no importa ya, las lágrimas y el dolor caen ahora sobre el papel.

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arte&cotidianidad año2 #3. mayo-junio. dolor.