¿cómo llegué aquí?

(obra: maldita carmen. texto: Gustavo.) 

retratos

A ntes de convertirme en un editor consagrado de la revista inverösímil, tuve el infortunio de estudiar una de las carreras más innecesarias, psicología. Es una mezcla extraña entre pedagogía, filosofía y medicina. Lo que varía en cada universidad según el temario dependía de la ideología positivista/dialéctica y sobre todo, del nivel de egolatría del director. Durante aquella época, pensaba que estudiar psicología era sinónimo de que uno estaba más preocupado por su salud mental y por ello, me daría el derecho de darle mi opinión acerca de la patología de la persona que estaba a mi lado.  

 

En la universidad donde iba, nos llevaban como soldados novatos a prácticas profesionales en el hospital de nutrición; los doctores nos pedían que lleváramos nuestras batas limpias, planchadas. Mis compañeros y yo, entrábamos al área de consulta externa con pacientes psiquiátricos que eran reconocidos por sus oportunos diagnósticos oportunos. Bah! me hubiera gustado eso hubiera sido verdad. La consulta entre el psiquiatra y el paciente duraba unos diez minutos, si el paciente estaba más loco, duraba unos 20 minutos, no más. Era la primera y la última vez que veía al paciente porque la siguiente consulta iba a ser en seis meses. El psiquiatra estaba convencido de que, si el paciente seguía el tratamiento, tendría éxito. Ribotril, fluoxetina. Eran enfáticos que tenían que tomar ese medicamento, con otro tipo de sustancia no tendría el mismo efecto: alcohol, drogas. Al paciente deprimido le decían: “salga a caminar, conozca gente, no se quede solo”.

 

¿Acaso el dolor se eliminaría en un santiamén? ¿Será que esos consejos al estilo Alfredo Palacios,Niurka o de entrenador de gimnasio serían suficientes para que la persona reconociera y modificara su sufrimiento? Con el tiempo-después de haberme dado cuenta que hasta un perro que babea puede estudiar psicología- no sólo descubrí que los psiquiatras, psicólogos o algún “profesional de la salud” intentan eliminar o modificar el malestar en el ser humano sino que hasta en círculos de arte se persigue este noble propósito: evitar el dolor.

 

El arte solía entenderse como una posibilidad para, en el mejor de los casos, encararse con el dolor, con el malestar en la cultura, en lo individual, ahí estaban las vanguardias haciendo críticas y críticas de todo y para todos, porque dolía el mundo en el que vivían; se acabó, hoy día queda netflix, quedan los bestsellers, las galerías y sus tiendas, los souvenirs en los museos, la experiencia de comprar una pieza auténtica de un auténtico artista, hoy queda decir cosas mamonas en una fiesta de cumpleaños sobre cualquier libro que hayas leído, queda decir kafkiano en cualquier situación, sin importar lo que convertirse en un insecto gigante pudiera significar o representar ante el mundo que se nos presenta.

 

Hoy quedan algunas artistas que buscan pegar, y no sólo me refiero a en las paredes, sino en sus intenciones, pegar con todo, confrontar, obviar la ausencia de dolor, obviar la necesidad de reprimirlo, de no sentirlo, de mejor escapar. O al menos así me imagino la obra de Maldita Carmen, una provocadora pero también una creadora de esas pócimas mágicas para no sentir los dolores del alma, que aunque soy perro sé de esas cosas. Maldita Carmen ofrece remedios en forma de botellas y de cajas de píldoras, y allí su crítica.

 

Hoy queda ir a un festival y ver las obras de artistas, las bandas de música y reducirlas a la “experiencia de consumo”, al entretenimiento y poder exhibir que estuve ahí. Ojalá Maldita Carmen invente pronto un pócima para evitar los efectos de los ansiolíticos, del paracetamol y nos haga salir a la calle, rebelarnos contra nuestro jefes idiotas, contra nuestro compañeros más idiotas, contra el gobierno, contra lo que haya que rebelarse, que la pócima nos haga sentir dolor una vez más.

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arte&cotidianidad año2 #3. mayo-junio. dolor.