Fotografía. Adrián Ro. 

Kinky Zoo - Zoológico Cochambroso

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Por:  Adrián Ro

La máscara -en mi obra- ha sido un tema recurrente desde qu estaba en la universidad; primero, la influencia de la lucha libre en mi trabajo, no como deporte pero sí como fenómeno cultural: los enmascarados que se convierten en personajes de culto sólo por el hecho de portar ese otro rostro, la máscara.

 

Segundo, dotar -a quien usa la máscara- de una dualidad: el anonimato, por un lado; y, por el otro, elevarse a un estatus superior, portar una personalidad única, sin la cual no sobreviviría (el subcomandante Marcos, por ejemplo).

 

En "reinas del ring" (serie seleccionada en la bienal 12 de fotografía por el centro de la imagen) las modelos aparecen todas con la misma máscara, para dotarlas de anonimato, y por otro lado, unificarlas como unas verdaderas luchadoras en una sociedad machista.

 

En el caso de mi trabajo "otra vez yo" (en primer número de inverösímil), en los autorretratos, el propósito es renacer en un nuevo personaje que deja atrás al que se quedó sin producir por más de 9 años, pasar el relevo a mi alter ego.

 

Para "no me da mi calaverita" (en segundo número de inverösímil) la máscara es un antifaz que, incluso de calavera  y su lectura a muerte, trae de nuevo a la vida a una serie de personas antes fallecidas: la máscara es una dualidad, otra vez.

 

Ahora en "kinky zoo" la máscara, al no revelar la identidad de la modelo, le posibilita provocar y mostrar su parte sensual o "pervertida", dejarse llevar, ya que, sin la máscara, resultaría complicado hacerlo. Con una máscara, en cualquier carnaval, estaríamos dispuestos a hacer casi cualquier cosa, ¿o no?

 

 

Adrián Ro, colaborador recurrente en la revista Inverosímil, expone en esta ocasión. “Reinas del Ring”, donde hay una influencia de la lucha libre pero no como deporte: “es, transmitir en estas fotografías, el fenómeno cultural que representa el hecho de ser un enmascarado se convierten en personajes de culto”.

El editor opina:

Festivales de máscaras en las calles.

 

El uso de la máscara trae consigo una doble identidad: oculta, esconde, envuelve y arropa a esa persona en un halo de misterio. La persona de la máscara entra en un estado de metamorfosis, dominado por sus pasiones, dejando caer todo el peso del mundo para jugar a ser “el otro”, aquel que en la vida cotidiana no se atreve “ser”, que le impide realizar y poner en acción los pensamientos y fantasías que rondan dentro de su cabeza. Si observamos detenidamente, no sólo el ser humano se apoya en la máscara, también se encuentran los personajes que pueden representarse en una obra teatral, en el recurso del cuerpo, como lo puede ser la danza. Pero si nos detenemos, esta vez, en otro escenario, impredecible y a menudo caótico, la calle es un espacio propicio para la exploración y el impacto estético que suscitan una serie de personajes y grupos; pensemos tal vez, en las botargas que están en la calle Madero que por una módica cantidad, es posible estar a lado de Batman, Dora la Exploradora o con Mamá Coco. Si se camina otro poco más, los payasos callejeros se las ingenian para dar un espectáculo donde el doble sentido mantiene entretenidos a los niños tanto adultos; si se prefiere, el olfato intuye cuando una danza prehispánica se está dando a la vuelta de la esquina por el humo que emana el copal; en el más infortunado de los casos, aquel vagabundo que grita “¡Mamá! ¡Máma! ¡Ayuda!” y que por más que se trate de ignorar, ese grito agonizante genera incomodidad entre los transeúntes.

 

Se deduce, a partir de lo anterior, que el paseante que entra, visita, camina entre las calles, también es participe del juego de máscaras, tal vez como un carnaval de Vencecia; cada quien aparenta cierta solemnidad, tranquilidad, y hasta una actitud seductora. La intención que hay debajo de la máscara, nuevamente, lo que se oculta, es un mundo misterioso que el paseante mismo, desconoce.

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