Lo quebrado. nómada

por: Gustavo.

 

Desde donde estoy sentado, no hay rastros de las noticias que sacan cada semana sobre la violencia en Acapulco. No alcanzo a ver los cuerpos desmembrados y el llanto de las madres pidiendo venganza, arrodillas, apoyando sus manos en el ataúd donde yace su hijo muerto ¿o será que mis lentes necesitan aumento? Lo que alcanzo a ver es el mar y la mitad de mi pie bronceado; veo un unicornio, de esos que se inflan, sirven para sostener una cerveza fría. Los niños hacen castillos de arena y las señoras reciben masajes de a 250 pesos. La vida es bella en Acapulco… para ser más específico, la vida es bella cuando uno está acostado en el camastro de la casa club playa, aunque hay ciertas reglas a seguir al pie de la letra… Es necesario llegar a más tardar a las 12 del día para apartar un lugar cerca de la playa, de lo contrario, hay una posibilidad de quedarse solamente en el área de la alberca; se tiene que dejar un depósito de 150 pesos para que presten una toalla; no se puede entrar con hielera al área de alberca; una reja pone énfasis en la separación entre los huéspedes y las personas que trabajan en la playa. No nos podemos mezclar, los huéspedes y los trabajadores, son entradas diferentes, somos como el agua y el aceite.

 

Las experiencias más cercanas de riesgo que he tenido en Acapulco, han sido dos: la primera, cuando tenía siete años. Una ola me arrastró hasta lo más profundo del océano, al menos eso pensaba, porque mis pies no alcanzaban la arena y no podía respirar. Cuando pude salir del mar, estaba furioso ya que mis papás no se habían dado cuenta de que me estaba ahogando, estaba luchando entre la vida y la muerte. La segunda vez fue cuando estaba en el Cici (actualmente, el Rollo) y había una alberca que me gustaba, entonces mis padres me dejaron ahí, por mientras, ellos se habían ido a una alberca para adultos. Cuando quise regresar hacia ellos, me había perdido. Lloré y lloré hasta que encontré un policía, me llevó a la caseta de vigilancia y desde un micrófono altoparlante, llamaron a mis padres. Fue realmente traumático.

Me acabo la cerveza, y veo que unos niños están jugando fútbol. El más pequeño es Tayo, tendrá unos cinco años. Es habilidoso, pero se engolosina, quiere llevarse a todo el equipo (hasta su propio equipo), meter gol y  ser el héroe de la tarde. Desafortunadamente para él, vuela demasiado alto y sus alas se queman. Aun así, él no deja de sonreír, lo intenta una y otra vez. A veces las olas del mar llegan hasta el área del juego, me acuerdo entonces de un Cruz Azul vs Necaxa de hace muchos años, el partido fue un miércoles a las siete de la noche, lo estaba viendo por la televisión. La lluvia era descomunal, se hacían unos charcos inmensos en toda la cancha , increíblemente, el arbitro dejó que siguiera el partido. Cuando el agua salada llega hasta nuestros pies, ninguno de los dos equipos tenemos el control del balón. Esa sensación me incomoda: no tener el control de la situación. A los niños les tiene sin cuidado, a donde el mar se lleva el balón, ellos van. No les importa quemarse las alas, los niños vuelven a construirlas, es un juego. Termina el partido, no por el número de minutos transcurridos o por quién fue el equipo que metió más goles, termina porque los niños se aburren y quieren hacer otra cosa. Tayo regresa con sus padres, tienen un puesto de ropa, cuando no está jugando al fútbol o está haciendo castillos de arena con su hermana, ayuda a sus padres recogiendo latas vacías.

Me sorprende el cambio que ha tenido Acapulco en el área de la costera ¿con qué ojos miraba Acapulco hace diez, quince años? No veo con claridad, me deslumbra el sol, me cubro por  los grandes hoteles, por departamentos de veinte pisos que nunca habitaré ¿en qué hotel se hospedó el chavo del ocho cuando el Señor Barriga lo invita por lástima? Los camiones echan carreras entre sí; la música cumbiera se escucha en los bares; el restaurante Señor Frogs se multiplica cada cinco calles; tacos al pastor 2 x1; ¿dónde está la mansión de Luis Miguel? En la memoria se sostienen imágenes alegres, tristes, pero cuando las imágenes vergonzosas emergen hacia la conciencia, tengo ese gesto automático de cerrar los ojos con mucha fuerza creyendo que voy a borrar ese sentimiento. He intentado otras maniobras, como cuando a los 17 años un chavo me golpeó. Ese impactó hizo quebrar la mitad de mi diente, posteriormente, me tiró al suelo. Siguió golpeando con sus pesados puños mi rostro. Cuando ese recuerdo vergonzoso aun estaba fresco, me imaginaba esquivando todos sus golpes y era yo el que lo golpeaba. Le rompía todos sus dientes. No tenía compasión sobre él, me pedía perdón y yo no lo aceptaría. Al poco rato, esa fantasía se diluía hasta evaporarse y perderse en el aire. Me reconocía en el espejo, mis alas no se quemaban, todo el tiempo había estado debajo del agua, ahogándome, pero aquello no lo quería percibir. La fuerza de la ilusión ganaba, me transportaba más allá del cielo, cerca de los dioses, y no estaría solo, habría millones de personas queriéndose sostener en su propia ilusión. Tarde o temprano,  la vida nos trae de vuelta a la mundanidad ¿Habrá caído con estilo, Ícaro, al mar? ¿Cómo los clavadistas de La Quebrada?

Son más o menos diez clavadistas que bajan desde las escaleras. La gente aplaude con sumo entusiasmo. El líder de los clavadistas, tiene una panza parecida a la mía, y a pesar de su físico, antiatlético, un par de chicas hablan con él.  Bajan al mar, tantean el espacio, intuyen la profundidad del mar, calculan el viento, quitan plantas que pudieran estorbar la visión al momento del clavado. Se toman su tiempo en subir por el acantilado, llegan hasta la cima donde se encuentra un altar de la virgen de Guadalupe. Hacen bromas entre ellos, realizan estiramientos. El primero se prepara, es el más chico de todos, un efebo. Después se lanzan en parejas, dan una vuelta completa, la gente aplaude, la tensión se va, pero cuando los otros clavadistas se posicionan en su lugar del clavado, la tensión vuelve, el estómago cruje, se entremezcla la excitación. Mis ojos están puestos en el altar, en el sol, y en el mar. El último en lanzarse lo hace desde lo más alto, 45 metros esperan y las olas se alzan, es la señal para que él pueda saltar, no obstante por más preciso que sea el clavado, existe el riesgo, y cuando esto se presenta, las posibilidades se abren. La muerte, es una posibilidad.  Tal vez hoy alguien muera en Acapulco, en las noticias se publicará; “la imprudencia y el descuido de unos padres provocó la muerte de su hijo que terminó ahogado”, “un joven es asesinado a puñetazos” “Luis Miguel, el Sol, ha muerto”. Lo único certero es que hoy no muere un clavadista.